Vida y letra de Martí

Por Jorge Mañach.

En su mocedad mexicana, el orador estaba ya cuajado como tal, si hemos de creer los comentarios que se hicieron sobre su intervención en un debate famoso. Pero es probable que aún no hubiera logrado Martí el estilo propio que nos revelan sus discursos de la madurez. Aquella era la época de Castelar, a quien Martí acababa de escuchar en España. A la tradicional oratoria española, espesa y solemne, los discurseadores de ¨la Gloriosa¨ habían traído cierta agilidad ¨liberal¨. Castelar restableció una exuberancia distinta: andaluza: más transparente y musical, con vanidades y galas de profesor de Historia. Se cree ver la huella de ese modelo en las primeras efusiones de Martí. Él también era un meridional y, por añadidura, del trópico. En Guatemala habían de llamarle ¨Doctor Torrente¨.

Ya en su etapa final de los Estados Unidos, su oratoria cobró más fibra y figuración. Barroca todavía por la abundancia y la proliferación interna de formas e intenciones, exhibía ya, sin embargo, los matices de imagen, de color y de alusión propios del modernismo. Cuando se escriba este capítulo de la retórica hispanoamericana, es probable que se registre el estilo oratorio de Martí, en lo que tiene de anunciador de ese movimiento. Por lo demás, nos quedan testimonios indubitables de su eficacia extraordinaria. Orador del tipo literario más complejo, Martí, sin embargo, arrebataba a los públicos por la carga emocional enorme de su palabra elaboradísima.

Detrás de aquella oratoria estaba, sobre todo, un poeta, no un dialéctico. Cuando en su vida agobiada de acción y deberes periodísticos se puede permitir el lujo del verso, su poesía es de doble cariz. Escribe en la resaca tardía del romanticismo americano y frente a los primeros albores del esteticismo finisecular. Los ¨versos sencillos¨ reaccionarán contra la abundancia sentimental y la holgura expansiva de lo primero; los ¨versos libres¨ contra la vanidad decorativa de lo segundo. Éstos, que son los más tempranos en su obra, nos impresionan todavía como poesía ¨pública¨. En su cauce pedregoso arrastran mucha elocuencia romántica, pero también una rebeldía y un redentismo de honda dimensión humana, que le dan un sentido a la vez actual y profético, como de un Whitman tropical. Eran los versos del agitador, del desvelado histórico: versos, como el propio Martí decía, de cabeza

Hecha a dormir en almohada de piedra

En cambio ¨versos sencillos¨ son – si valen tales expresiones – poesía ¨privada¨, íntima, de expresión más que de comunicación. Una forma breve y llana capta, en símbolos y en imágenes directas, lo que el poeta mismo llamaba

El instante raro de la emoción noble o graciosa.

Como la de Bécquer en España, esta poesía representaba ya la salida del romanticismo tumultuoso y enfático; pero en Martí se halla mucho más cerca de la reticencia simbólica del fin de siglo.

Con todo, lo más grande, acaso, en el hombre de palabras fue el prosista. Tampoco en este modo de expresión la vida le dejó sosiego para tareas de largo aliento. Escribió, como ya se dijo, una pequeña novela, y las tradujo ajenas para el panganar. Hizo algún teatro de ocasión. Pero su obra es, sobre todo, de periodista. Periodista de alto vuelo desde el nivel de la crónica descriptiva, de la semblanza profunda, de la meditación crítica, de lo que aún no se llamaba ¨ensayo¨ en español, pero anunciaba ya la adopción del género.

La mayor parte de esa obra se publicó en periódicos de la América hispana, señaladamente en la La Nación de Buenos Aires, donde las ¨inundaciones de tinta¨ de tinta de Martí suscitaron el entusiasmo de Dario:

Antes que nadie Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y bizarrías. Sobre el Niágara castelarino, milagrosos iris de América. ¡Y qué gracia tan ágil, y que fuerza natural tan sostenida y magnífica!…

El idioma, en efecto, encontró en él un tono nuevo, en que se conjugaban tradición e invención. Apretábanse en él las elipsis y los giros de los grandes clásicos españoles – Santa Teresa, Quevedo, Gracián, Saavedra y Fajardo -, pero adoptados sin arcaísmo, entreverados de la imagen fresca y audaz, de la adjetivación virgínea, de la plasticidad y los matices de la prosa impresionista en que había de rematar el siglo. En la tropicalidad de esa prosa martiana (espesura y efusión ardorosa), no hay fatuidad alguna. Como escribió Gabriela Mistral:

Dondequiera que se la pinche salta sangre

En ese estilo egregio, que le ha dado lugar indiscutido no ya en lo cimero de la prosa americana, sino entre lo mejor del idioma (¿no ha dicho ya el eminente crítico español Guillermo Díaz Plaja que ¨para encontrar una prosa como la suya habría que retroceder a Gracián o Quevedo¨?), vertió el gran cubano las más nobles esencias del pensamiento y de sensibilidad moral. No fue sólo pasión del hombre histórico que luchó sin tregua por darle la libertad a su patria y conciencia altiva y alerta de sí mismos a todos los pueblos latinoamericanos de nuestra estirpe, ni el celo oral de quien confía en la edificación de los individuos y las comunidades por obra de la virtud y del carácter. Expresó también los señeros avisos de quien se sentía asistir a una época de crisis de las ideas, de ¨reenquiciamiento y remolde¨, en que ¨el genio va pasando de lo individual a lo colectivo¨. Expresó la curiosidad insaciable y la honda capacidad de simpatía de un espectador para quien:

En la fábrica universal no hay cosa pequeña que no tenga en sí todos los gérmenes de las cosas grandes¨.

Ejercitó la caridad intelectual de que se goza en ensancharles a los demás, por los caminos de la tierra, su ámbito de experiencia y disfrute; la visión, en fin, del poeta y del meditador para quien todo lo real es uno, y el amor su clave y secreto.

Tomado de José Martí: Sus mejores páginas. Antología de Jorge Mañach. 1er Festival del Libro Cubano. Talleres Gráficos Torres – Aguirre SA. Perú. Sin año.

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    1. Rhymi3…

      Wonderful blog post, saw on…

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