Villena: El hombre de la Pupila Imsomne

Ruben Martinez VillenaMoría aquel 16 de enero de 1934, con los pulmones destrozados por la tuberculosis, Rubén Martínez Villena, el hombre sencillo, valiente, el intelectual revolucionario dirigente del Partido Comunista de Cuba. Casi recién cumplidos los 34
años, la muerte se llevaba al hombre de “La Pupila Insomne”, al de la Protesta de los Trece.

Villena había nacido el 20 de diciembre de 1899 en Alquízar recibiendo de su madre los rasgos, la bondad, el refinamiento de los gustos y la atracción por la Literatura. Su padre, el maestro, le legó la rebeldía del carácter, el concepto del honor, aquella energía suya emprendedora, la voluntad y el anteponer el deber ante todo. Con solo tres años Máximo Gómez le había anunciado:

“Tu vida tendrá luz plena de mediodía”.

Y el poeta se forjó junto con el abogado, aunque quizás el primero se llevara las mejores mieles, porque ocupaba la mayor parte de su tiempo, al menos, en aquel momento de su vida. Pero el segundo pronto comenzó a ganar terreno cuando Villena comienza trabajar en el bufete del sabio y antropólogo cubano Fernando Ortiz, donde se nutrió de ideas revolucionarias y de progreso, descubriéndose como revolucionario y antiimperialista, en contacto con otros jóvenes y personalidades no comprometidos con los partidos políticos tradicionales como Pablo de la Torriente Brau y Emilio Roig de Leuschering.

Villena recibe su bautizo político en 1923. En ese año el gobierno de Alfredo Zayas compra el Convento de Santa Clara de Asís por 2 300 000 pesos, según una fuente; y en 3 000 000, de acuerdo con otra, cualesquiera de los dos un precio exorbitante para un inmueble casi en ruinas.

Un grupo juvenil, sin definición política ni rumbo ideológico todavía, tuvo noticia de que en el salón de actos del local de la Academia de Ciencias de Cuba iba a efectuarse un homenaje a la educadora uruguaya Paulina Luissi a la que asistiría el Secretario de Justicia del gobierno de Zayas.

En medio del acto Villena solicitó permiso a los organizadores y asistentes al acto y pronunció un breve pero tajante discurso, en el que denunciaba el turbio negocio en el que estaba implicado el funcionario del gobierno. Así lo reseñó el periódico “Heraldo de Cuba”:

“–Perdonen la presidencia y la distinguida concurrencia que aquí se halla –exclamó serenamente el muchacho flaco y rubio, llamado Rubén Martínez Villena— que un grupo de jóvenes cubanos, amantes de esta noble fiesta de la intelectualidad, y que hemos concurrido a ella atraídos por los prestigios de la noble escritora a quien se ofrenda este acto, perdonen todos que nos retiremos. En este acto interviene el Doctor Erasmo Regüeiferos, que olvidando su pasado y actuación, sin advertir el grave daño que causaría su gesto, ha firmado un decreto ilícito que encubre un negocio repelente y torpe, digno no de esta rectificación y de reajuste moral, sino de aquel primer año de zayismo.

La Protesta de los Trece fue la primera expresión política de los intelectuales cubanos, como grupo definido, con ella quedó pactado el compromiso de la intelectualidad cubana con el destino de la patria.

Surgía así una nueva faceta para Villena quien participa en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes invitado por Julio Antonio Mella y posteriormente en la fundación de la Universidad Popular José Martí.

Durante el gobierno de Machado se ilegalizó el Partido Comunista y la Federación Estudiantil Universitaria, expulsando a Julio Antonio Mella de la Universidad, encarcelándolo y acusándolo de terrorista. Con Mella en huelga de hambre ante semejante abuso y la negativa pública del tirano Machado, el periodista Muñiz Vergara junto a Villena se dirigen al presidente para solicitar la excarcelación de Mella bajo fianza.

La respuesta del dictador no se hizo esperar:

“Mella será un buen hijo, pero es un comunista… Es un comunista y me ha tirado un manifiesto, impreso en tinta roja, en donde lo menos que me dice es asesino… ¡Y eso no lo puedo permitir!”

Minutos después, al relatar el encuentro a Fernando Ortiz y Pablo de la Torriente Brau en el bufete del primero, Martínez Villena calificaría genialmente al tirano:

“Es un salvaje, un animal, una bestia…, un asno con garras”.

Con ese mote trascendió Machado a la posteridad.

Por sus actividades revolucionarias contra la dictadura de Machado Villena se vio obligado a emigrar y se dirige a la URSS para escapar a la persecución y tratar de curar la tuberculosis que lo debilitaba. Ante la noticia de lo irreversible de su enfermedad, decide regresar a Cuba y entregar sus últimos alientos vitales al esfuerzo popular para derrocar a Machado.

La noche del 16 de enero de 1934, en un sanatorio de las afueras de La Habana, quedó apagada su vida como luz que despedía el último destello, pero sus ideas y simiente continuaron irradiando para guiar a otras generaciones de revolucionarios cubanos.

Su muerte coincidió con la culminación del IV Congreso Nacional Obrero de Unidad Sindical y a su entierro asistieron todos los delegados con sus credenciales y los estandartes de los sindicatos, seguidos por más de 20 mil trabajadores que le rindieron una combativa despedida gritando consignas y entonando canciones revolucionarias en el tránsito al Cementerio de Colón.

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