El fermento minorista

Grupo Minorista (Caricatura en la Revista Careteles)Por Alejo Carpentier.

Un día después de la cena muy grata que habíamos dado en honor de la gran cantante Tita Rufo; entonces de paso por La Habana, nos dimos cuenta que todos escribíamos versos, artículos, o ensayos; otros componían música y otros aspiraban a pintar o a esculpir. Al finalizar la reunión Emilito Roig, gran luchador antiimperialista que fue, dicho sea de paso, quien me reveló las perfidias de la política norteamericana y me enseñó a leer a Martí, junto con Marinello, dijo:

–  ¿Por qué no nos reunimos todos los sábados? –  y decidimos hacerlo así.
–  ¿Cómo le vamos a llamar al grupo? – Y alguien dijo:
– Bueno, en vista de que aquí en La Habana todo el que escribe, todo el que piensa, todo el que se expresa por la letra o por el pincel es un minoritario, vamos a llamarnos minoristas.

Se creó el Grupo Minorista, empezó a crecer y en su seno aparecieron personalidades como la José Manuel Acosta, hermano de Agustín Acosta (poeta, autor de La zafra) que fue prácticamente el iniciador de la nueva plástica en Cuba; estaban con nosotros Tallet, cuya poesía intimista, prosaica si se quiere, antipoética en cierto modo, lucía un adelanto de veinte años sobre lo que entonces se llevaba; Emilito Roig, un estudioso de todos los crímenes políticos contra nuestra nacionalidad y contra nuestra economía cometidos por los Estados Unidos; Marinello, cuya dedicación martiana se afirmó desde el comienzo, y dos hombres admirables que nos abrieron los ojos sobre muchos problemas, protagonistas de un papel decisivo en la significación, desarrollo y trayectoria del Grupo Minorista; Rubén Martínez Villena y Julio Antonio Mella.

Rubén Martínez Villena, poeta de enormes cualidades (hay poemas que son verdaderamente antológicos, como La canción del sainete póstumo, Música de cámara, sinfonía vahona, etc.) nos dio el ejemplo admirable de haber abandonado la vocación y el quehacer poéticos al convencerse de que su salud era endeble, y de que estaba condenado a vivir poco tiempo y decidió dedicar lo que le quedaba de vida a la lucha social, concretamente por una revolución marxista – socialista. Se podría decir de Rubén Martínez Villena que aunque haya sido tan triste su desaparición prematura, tuvo el extraordinario privilegio de elegir su propia muerte: quiso derribar a Machado para que viniese una revolución que llegó mucho más tarde de los que todos esperábamos, pero la caída de Machado se le debió casi totalmente a él; con el apoyo, desde luego, de los obreros, de los trabajadores que escuchaban sus palabras y que lo reverenciaban.

Con Julio Antonio Mella pasó lo mismo. Él no se proclamaba minorista, a pesar de tener dotes de escritor y de ensayista de primera línea, pero estaba más entregado a la lucha social directa que a la práctica del ensayo. De todos modos se entendía muy bien con el Grupo, hasta tal punto que lo consideramos siempre un minorista más.

Estaba con nosotros también el maestro Fernando Ortiz, dedicado al estudio de las influencias africanas, de las culturas africanas traídas a Cuba por los esclavos negros y que, ante el asombro de la burguesía a la que él pertenecía, frecuentaba ceremonias de religiones sincréticas, ceremonias de viejos cabildos que nos quedaban todavía de la época de la colonia. Porque no hay que olvidar que por haber sido colonia, la trata negrera se siguió ejerciendo en Cuba abiertamente hasta 1882 y clandestinamente hasta los años 90. Yo he conocido en mi infancia a negros que no habían logrado aprender una palabra de español y con los que había que entenderse en una extraña jerga. Conocí a negros que habían llegado en los sollados de la trata con anillas de hierro en el tobillo. Y el mundo al que pertenecía Fernando Ortiz, viéndolo entregado a tales estudios, decía:

Lástima que un hombre de tanto talento se dedique a estudiar a los negros.

Con nosotros estuvieron  muy pronto Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, los dos grandes compositores; mantenía relaciones con muchos de nosotros José Antonio Fernández de Castro, que si bien no dejó una obra considerable fue un animador maravilloso, y en su revista publicó Nicolás Guillén sus primeros poemas.

Caturla, Guillén, Roldán, y por la banda Eliseo Grenet. Moisés Simons – compositor también muy estimable, pero distinto – ; en fin con tales hombres se había ido formando lo que se llama una generación en la que incluso figuraba otro infinitamente más viejo que nosotros, que era Fernando Ortiz. Pero, ¿qué es una generación?, no es una cuestión de edad: una generación es un grupo de hombres que han leído los mismos libros y comparten idénticos ideales, aunque unos tengan diez años más que otros. Yo tenía apenas 18 cuando se formó el Grupo Minorista, otros tenían ya 25, otros 28, pero trabajábamos juntos.

Con tales maestros anduve, y junto a ellos aprendía a pensar. Y resulta interesante recordar que ya en 1927 podía yo firmar con tales hombres un manifiesto premonitorio, donde nos comprometíamos a laborar:

Por la revisión de los valores falsos y gastados.
Por el arte vernáculo y, en general por el arte nuevo en sus diversas manifestaciones.
Por la independencia de Cuba, y contra el imperialismo yanki.
Contra las dictaduras políticas unipersonales en el mundo, en América, en Cuba.
Por la cordialidad y la unión latinoamericana.

El Grupo Minorista viene a disolverse hacia el año 1928, pues deja de tener razón por la muerte de algunos, como Miguel Ángel Limia, por la dedicación a un quehacer político, como Rubén; por  la traición del filósofo del grupo Alberto Lamar Schweyer, que se vendió indecentemente al machadismo.

Tomado de: Chao, Ramón. Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier. Editorial de Arte y Literatura. La Habana. 1985.

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